¿Cómo ha sido tu trayectoria como diseñadora multidisciplinar?
Vengo de una formación que te enseña a pensar de manera divergente. Partí estudiando diseño gráfico y desde ahí fui abriendo el camino hacia otras áreas: primero profundicé en educación emocional y más adelante en diseño escénico. En realidad, mi trayectoria ha sido bastante orgánica; siempre he tenido la sensación de que sigo estudiando y aprendiendo constantemente, ya sea en espacios formales o en la práctica misma de los proyectos. Creo que esa base en diseño fue clave, porque me dio herramientas para conceptualizar, observar los procesos y entender cómo dialogan las distintas disciplinas.
Partí mientras estaba estudiando el pre grado, entre 2005 y 2009, a trabajar en diseño gráfico orientada hacia lo digital, nuevas tecnologías y la multimedia. Abri mi estudio de diseño llamado Diseño Vivo, el cual sigue vigente hasta hoy y trabajé para una importante empresa de tecnología de la región donde pude explorar el mundo de la interacción UI/UX, en 2016 gestioné una licencia para el desarrollo de realidad aumentada para proyectos de turismo y educación y me dediqué básicamente a resolver desde el diseño problemas comunicacionales y de interacción.
Toda esta mixtura me llevó también a la docencia universitaria, entre 2011 y 2017 dicté materias de Branding, Composición, Crossmedia, Diseño digital, Integración grupal y Liderazgo, en dos carreras de pregrado y un diplomado en 3 universidades de Temuco. Ese período de interacción con estudiantes de otras generaciones, fue muy importante para entender las nuevas formas de relacionarse con el entorno y producir diseño. Aparecían con fuerza las formas de trabajo puramente digitales, los tiempos anacrónicos y la necesidad de distanciamiento. Esto despertó el interés por la relación analogo/digital, la experimentación con materiales y la tridimensionalidad.
Unos años después me encontré con el mundo del teatro, y ahí se abrió otra dimensión del diseño. Empecé a experimentar una relación más directa entre el diseño, el cuerpo, la luz y la experiencia del público. En el 2020 junto a Miguel Alvarez y Jose Isla fundamos La Lluviosa, organización que se dedica al diseño y producción de proyectos de arte y cultura creando un importante aporte para el sector y el territorio, que hoy cuenta con un financiamiento permanente para sus funciones. Desde entonces he participado en más de 40 producciones de artes escénicas, teatro, performance, danza y música, además de dirección de arte para proyectos audiovisuales y el desarrollo de instalaciones temporales para distintos festivales, todas producciones realizadas en la región.
¿Cómo está presente Temuco en tu trabajo, cómo lo piensas?
Siento que este territorio atraviesa profundamente todo lo que hago. Llegué muy pequeña desde Santiago a Temuco, de una manera un poco abrupta, en un principio me costó acostumbrarme, en la adolescencia tuve el impulso de irme, de pensar que las cosas interesantes estaban en otra parte. Pero con el tiempo fui generando un vínculo mucho más consciente con el territorio: con su naturaleza, con su historia, con su oscuridad, tensiones, violencias y problemáticas, como también con su fuerza, luz y potencia.
Vivir en un territorio como este levanta cuestionamientos: la relación con la naturaleza, el desarrollo de la ciudad, los ciclos, los fuertes choques y contradicciones. Todo eso empieza a aparecer, de distintas maneras, en el diseño y el arte y es muy delicioso de apreciar.
Muchos de mis trabajos tienen que ver con la luz, con el espacio, con el cuerpo o con la experiencia sensorial, y en ese sentido toda la inspiración y referencias que tengo son a partir de este territorio, el color del cielo, la forma de las sombras, la calidez o frialdad de la iluminación, la forma de relacionarse entre las personas, los ritmos. Por ejemplo me obseciona la luz que tenemos en invierno, o los olores en otoño, la diversidad de materialidades dentro de las comunas de la misma región, la presencia del fuego. Me interesa mucho crear desde ahí, desde una sensibilidad situada.
Atravesando todo está la dimensión de vida: tengo una hija, formé un hogar acá, y he ido construyendo redes de trabajo y afectivas muy profundas.

¿Cómo florecen las artes en este territorio?
Trabajo muy cerca de las artes escénicas, el cine, las artes visuales, la música, proyectos vinculados a tecnología y creación además de gestar un espacio dedicado a la creatividad, bienestar y la salud mental, llamado Espacio Vivo. Desde mi experiencia puedo decir que en este territorio hay una escena muy activa, con un fuerte cuerpo de personas, colectivos y agrupanciones trabajando de manera muy profunda y profesional.
Lo interesante es que, al ser un ecosistema cultural rico y diverso, las disciplinas, así como las temáticas o formas de abordar un proceso tienden a cruzarse y crear nuevas metodologías de trabajo que sean pertinentes y coherentes a las formas de vida de este lugar particular.
Desde hace algunos años la mesa de económicas creativas de la región de La Araucanía, MAEC, ha sido muy importante para quienes trabajamos en esto ya que permite la interacción entre agentes privados, la academia e instituciones, trabajando fuertemente para posicionar el sector dentro de las políticas públicas.
También en los últimos años se han levantado espacios de encuentro, de formación y de circulación, festivales, residencias, proyectos colectivos, que han permitido que estas redes se fortalezcan.
Todavía existen muchas brechas: de financiamiento, de infraestructura, de circulación, pero ya existe una fuerza creativa que cada vez se vuelve más potente. Hay muchas personas produciendo obras de gran calidad, investigando, experimentando y buscando nuevas formas de creación. Y eso hace que el territorio esté constantemente en movimiento.
Conoce más de su trabajo en IG Diseño Vivo
[Texto María José Hess. Fotografías gentileza Consuelo Fernández; fotografía de Susana Cofré por Nicolás Molina]

